De Jaén al Camino

De Segura de la Sierra a Peña del Olivar

23/05/2018

Junto a Jorge Manrique, junto al hijo segureño mas conocido, empiezo mi andadura, impertérrito al paso del tiempo, con la mirada puesta hacia al libro, como queriendo empezar a recitar las Coplas a la muerte de su padre. Nunca hubiera imaginado la satisfacción de andorretear la Sierra de Segura y empezar a los pies de este singular guerrero y poeta, y después callejear y a la vez sumergirme en tiempos postreros en este magnífico lugar, y no quedarme con la gana de tomar un buen baño, como a la antigua usanza, pero no hay tiempo para mas, salgo de Segura de la Sierra con el regusto de que tengo que volver y envolverme con su historia, con sus gentes, con sus costumbres, postrarme en sus rincones.

Empiezo a bajar y a mi espalda dejo las estampas mas impresionantes y agraciadas del pueblo, pero debo de seguir bajando y adentrarme en el sendero que antaño servia de ir y venir entre segureños y orcereños y al poco me encuentro con otras vistas también agraciadas, y no muy al fondo, aparece Orcera.

Mis pasos siguen entre cada vez menos olivos y mas pinos, el sendero se estrecha y te invita a saborearlo, a no ir a prisa, que cada pisada se convierta en la satisfacción de estar en un lugar inigualable. Andar por este singular lugar te hace despertar todos los sentidos, el olor no tiene parangón y te despierta hasta la mismísima alma, el color te aviva la sensación de no dejar hueco que no observes con detenimiento, el escaso sonido de la naturaleza te relaja y cualquier canto de pájaro es suficiente para que te lleves un agradable sobresalto. Tanteo entre las plantas un hinojo y con sumo cuidado lo preparo para saborearlo un buen rato y sigo entre paso y paso palpando quejigos y pinos y mas pinos, algunos los toco tanto que intento envolverlos en mis brazos y no llego.

Ante tanto disfrute, aparece una fuente, momento idóneo para junto al agua, sentarse con la bota de vino ya a medias, sacar un trozo de pan y un cacho de queso y entre trago y trago admirar lo que tengo a mi alrededor. Un buen refrescón en la fuente y un trago de agua fresca, me hace echar para adelante y continuar, ahora subiendo, después de bajar a un rio hay que subir a la montaña, los pinos carrascos me acompañan y entre tanto van apareciendo vistas que te hacen pensar que estas en otro lado, peñascos acá, mas pinos allá, llanuras y prados con mil tonos de verde y cuando menos lo esperas te encuentros en todo lo alto, llegas al Puerto de Siles, y ahora para bajo. El camino serpentea buscando de nuevo en la bajada algún riachuelo o algún arroyo, y en la bajada algunas veces pedregosa y escurridiza aparece alguna que otra encina o quejigos y me sorprende a estas alturas de Octubre encontrarme con zarzas repletas de moras y mas abajo con majuelos, todo un festival natural.

Conforme bajas empiezas a oir un runruneo de agua, que se hace cada vez mas sonoro, mas relajante y con la cercanía de la humedad ves helechos donde te imaginas pulular a los duendes, incluso si te concentras los oyes rumorear.

El sendero no deja de sorprendente, llegas abajo y oyes el agua embravecida, al fondo la aldea de Puentehonda, encrucijada de caminos viejos, en la que se ve su importancia en la historia con paños de piedra que en su dia fueron murallas y torres de castillo de vigilancia. Llegas al rio, lo pasas y ahora toca de nuevo subir y mientras lo haces, en la lejanía oyes balar un rebaño de ovejas y a su cuidador, el perro, ladrar para traerlas de allí a aquí o de aquí a allí. Pero antes de terminar otras dos sorpresas mas, al fondo aparece Siles, arracimada y tranquila, envuelta en huertas, olivares y pinos, estampa bonita que te hace sentir casi el final de ruta, y allí me quedo ensimismado un rato, echando un trago y comiéndome tres ejemplares de fruto del madroño que me están exquisitos, cuando me levanto no se el tiempo que ha pasado, porque andar en el campo, estar en la naturaleza no se le puede echar tiempo al tiempo, y andando y dándole vueltas por el sendero veo el fin de etapa, allí está la Peña del Olivar, destino de primer dia por la Sierra de Segura.

Y en tan singular lugar, con la buena compañía de los amigos, animado por la charla, las risas, la bota de vino, la pipirrana fresca, la tortilla de patatas echa con mucho amor y una buena tajá de sandia, acaba mi primera etapa por esta maravillosa sierra que seguiré descubriendo en postreros días, si la salud y el que está ahí arriba me lo permite.

Este mundo es el camino para el otro, que es morada         

sin pesar; mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada sin errar.

Partimos cuando nacemos,            

andamos mientras vivimos,

y llegamos al tiempo que fenecemos;

así que cuando morimos descansamos.

Coplas a la muerte de su padre, v v 49-60

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