De Jaén al Camino

De Matabegid a Torres, sierra, camino e historia

15/05/2018

Me quedo sorprendido del lugar, me habían hablado de Matabegid como un sitio agradable, tranquilo y muy romántico, un lugar de esos de retiro completo tanto para el alma como para el espíritu, Este lugar perteneció a la capital y fué el centro neurálgico de la Sierra de Propios como se la conoció, aquí descansaba cuando los festejos se lo permitían, el famoso torero “Bombita”, propietario que fue de la finca en los inicios del siglo XX. En el paseo por el sitio saco la conclusión que por aquí hubo agetreo, dos buenas casas encaladas con su cenefa pintada de azul, una escalinata que da rango de importancia con una fuente, la ermita y sobretodo el murmullo del agua, ese “runrún” tranquilizador del Rio Oviedo que sirve agua a una fuente amplia junto a la Ermita casi perdida entre árboles y ramas, hubo un Convento en la antigüedad, incluso me chismorrean que hubo un Cuartel militar de la Remonta hace mas de un siglo.

Pero no todo fué descanso, ni tranquilidad, ni sosiego, estas tierras están cargadas de historias, del devenir de sus gentes que luchaban día tras día sin descanso para que estas tierras les dieran de comer, pero también de gentes forasteras que veían como en estos montes y sierra podían buscarse el sustento diario.

El camino parte desde Matabegid a Torres, un camino cargado de testimonios a lo largo de los siglos que ha dado relatos, batallas, altercados, persecuciones, incluso hasta leyendas de brujas que todavía se dejan ver por el lugar. Como cualquier vía de comunicación con importancia, este camino también tiene su Castillo para vigilancia del mismo. Castillo observante durante siglos de frontera, donde las trifulcas y disputas estaban a la orden del día, había que mandar en el camino y sobretodo saber administrar lo que rodeaba este sendero, pues como pocos era y es riquísimo, un privilegio de la naturaleza.

Salgo de Matabegid, donde repito, quedo prendado de sus edificaciones, arboleda y su abundante agua, entro en un olivar que a poco va dejando ver dehesa y por sorpresa un Castillo, ya casi arruinado y derruido, abandonadisimo y muy cambiado por la mano del hombre y del tiempo. Edificaciones delante del Castillo, también en los alrededores y como sorpresa una era, muy completa, con piedra seca, donde los pobladores trillaban, rompían la mies extendida por las piedras y separaban el grano de la paja.

Tengo la suerte de ver en la lejania a un par de personas mayores, con canastos llenos de hierbas, con un paso tranquilo, sin parar de mirar las matas, las plantas y rebuscando con sus manos entre ellas, mi sorpresa agradable fué pararme y sentarme a charlar con ellos. Tenian ganas de hablar de su Sierra, de este camino, de lo que dió y podria dar, de las fatigas que pasaron para poder vivir en estas tierras, de las gentes de otros lugares que venian a traginar por aqui. Me hablaron de su niñez por estos lares, haciendo pequeñas labores encontraban trastos de guerra de tiempos de moros y cristinos, puntas de flechas, mangos de espadas, monedas, de la cantidad de ganado que pasaba y aún sigue pasando por aquí, salieron a relucir historias de regoveros, de buhoneros, de arrieros, de como se hacia el carbón con la madera de encina, de las reatas de mulos que acercaban a las carretas la carga, carbón llevado a todos los pueblos de las cercanías, y donde mas a Jaén. Por curiosidad les pregunté si había por aquí neveros y comenzaron a relatarme de nuevo historias de fulanos y cetanos que se dedicaban a la nieve, a conservarla en invierno y con todo lujo de detalles, como si lo estuvieran viviendo me relataron como transportaban el hielo en capachos de a cincuenta kilos, como se envolvía con paja fina y helechos de la sierra y a continuación transportarla de noche con recuas de mulos hasta pueblos y  ciudades, como es el caso de Jaén, llegando antes de que saliera el sol y depositarla en los bajos del Ayuntamiento de Jaén para su venta posterior.

En sus historias vi que se pusieron serios cuando empezaron a hablar de bandoleros, porque por aquí los hubo, cuentan anécdotas del “Pernales”, de José Maria el Tempranillo, que venia a esta sierra y luego se dejaba caer por Campillo de Arenas y así entre uno y otro adivinando cual de los dos sabia mas, salen a relucir los “maquis”. Cuando hablan de ellos, bajan la voz, dando a entender que lo que hablan es muy secreto y de allí de entre nosotros tres no debe salir. Los Chaparros, el Pajuelas, esta conversación se hace corta, quieren hablar, pero el recuerdo no es bueno, los pertenecientes a estas cuadrillas de guerrilleros sufrieron, sus familiares y amigos mas y la represión casi acaba hasta con la memoria de lo allí ocurrido.

La casquera junto al Castillo pudo dar mas de si, pero ellos volvían y a mi me entró una inmensa gana de tirar para adelante y empaparme de este camino. Mientras ascendía al Puerto de la Mata, observaba la dehesa, los quejigos centenarios e inmensos, las encinas, los enebros, los majuelos, algún arroyuelo y no paraba de recordar todo lo que esos dos hombres me contaron. En cualquier explanada fijaba mi vista por si aparecía un senderillo o una “colá” como ellos argumentaban, sitios por donde poder esconderse. No podía faltar por supuesto el cruzarme con un rebaño de ovejas y de cabras y junto al cabrero echar un breve rato de “parranda”, le pregunté por si en esta Sierra había hierbas curativas, su pregunta no se hizo esperar, ¿Vd. me ha visto alguna vez en el médico?, le respondí que ¡no!, a lo que el asintió: ¡pues yo todo lo arreglo con las hierbas de por aquí!, tras compartir fruta y agua prosigo ascendiendo, esperando en cada curva encontrarme en cualquier momento con una recua de mulos o con grupo de maquis o soldados de un bando u otro defendiendo su territorio. Mientras subes y paras para tomar aire, echas la vista atrás y la estampa no puede dar mas de si, la belleza incomparable, es un lujo esta tierra, el sitio, la paz, las vistas, el sosiego.

Una vez realizada la subida el panorama cambia, te topas de cerca con El Almadén, altivo con sus antenas televisivas, a partir de ahora para abajo, vamos hacia el norte y el paisaje es totalmente distinto, la dehesa se convierte en pinar y conforme bajas aparecen cerezos y al final olivar, pero eso si, si en la subida te sorprende todo lo que ves allá en el infinito, en la bajada hacia Torres quedas igualmente prendado de las postales que tienes delante, allí está Torres, a las faldas del Almadén, el Aznaitín colosal custodiándolo y coronando el entorno, fantástica vista con la Loma al fondo.

No por cambiar de vertiente cambia la vida de las gentes, puede cambiar quizás el paisaje, pero el trabajo del campo y de la sierra siempre ha estado en esta zona. Tan unida a la parte de Matabegid, aquí en este lado hay agua, mucha agua de la sierra, la cascada del Zurreón no anda muy lejos de aquí, pero lo mas conocida de esta zona sea Fuenmayor, este lugar merece un buen día de campo, sitio idílico para estar con la familia, disfrutar de un buen paseo, una buena sobremesa siempre con muchísima agua alrededor, ahora debo de seguir camino de Torres, dejo por tanto un camino a mi izquierda que me llevaría allí y sigo dirección Hondacabras en las cercanías de Torres y en mi bajada recuerdo la imagen,  lo precioso que está el campo cuando desde arriba ves los cerezos vestidos de blanco, una estampa que hay que acertar en tiempo y forma para verla. Y para allá voy a este magnífico pueblo, con buena gente, también cargado de historias, historias unidas a la ciudad de Baeza a la que perteneció durante siglos, quien sabe si por estos Cerros que rondan Torres fué el lugar donde se perdió en busca de faldas Alvar Fáñez antes de la conquista de Ubeda.

Ya llego, migas y un buen guiso, con un buen vino por haber hecho un ¡BUEN CAMINO!

Jacinto Fuentes Mesa.
Abuelo y Peregrino.

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